Escoger es perder
El presidente Uribe ha tenido que escoger entre tres opciones deseables pero inalcanzables a la vez: liberar a los secuestrados de las Farc, mantener a Hugo Chávez en su sitio, y no despejar los municipios de Pradera y Florida. Habría podido olvidarse de los secuestrados para no tener que ceder en nada ante sus captores, y afortunadamente no lo hizo.
Pero el costo del 'No al despeje' ha sido demasiado alto: Chávez y Marulanda encontraron una veta valiosísima para obtener mutuas ganancias políticas. Según León Valencia, en artículo publicado en CAMBIO hace dos semanas, ante la imposibilidad de lograr el despeje de los famosos municipios del Valle, las Farc cambiaron la idea del intercambio humanitario por liberaciones unilaterales. No lograron la desmilitarización de Florida y Pradera, pero sí la interlocución con gobiernos extranjeros. Y no les ha ido nada mal: Chávez ya les ofreció estatus de beligerancia y en diciembre pasado Sarkozy le mandó carta directa al "señor Marulanda".
Los gobiernos extranjeros, en general, son más benévolos con la guerrilla porque actúan por intereses particulares que están por encima de la Seguridad Democrática. Sarkozy quiere a Íngrid en libertad para reafirmar la tradición de su país de defender a sus nacionales. Chávez busca respeto en el Continente, y convencer a George W. Bush de que tiene la llave para recuperar a los tres estadounidenses plagiados. Ambos acatan, porque les toca, la obsesión de Uribe por mantener a las Farc acorraladas, pero seguramente no la comparten.
La intervención de Chávez en las liberaciones está fuera de control. Duele tener que esperar que el Palacio de Miraflores informe cuántos y a quiénes soltarán las Farc, cuándo y dónde –eso sí, en territorio colombiano–, y si las coordenadas que dice conocer Juan Manuel Santos son las correctas. Los liberados viajan a Caracas y reciben el abrazo de Chávez antes que el de Uribe.
Lo peor de todo es que ese Chávez presuntuoso que planea desde su despacho operativos logísticos en Colombia, está indignado con el presidente Uribe. Las relaciones están congeladas, según dice con arrogancia infinita, "hasta que haya otro gobierno". Ha retirado a su Embajador en Bogotá, Pavel Rondón, y ningún miembro importante de su gobierno recibe al de Colombia en Caracas, Fernando Marín. Nos quedamos con el pecado y sin el género: Chávez metido en el rancho y las relaciones en la peor crisis de su historia.
El escenario es perfecto para que el mandatario venezolano siga causándole daño a Colombia en el campo diplomático. En el Consejo Permanente de la OEA ya hubo un rifirrafe entre los representantes de los dos países. En las Naciones Unidas seguramente apoyará la esquizofrénica solicitud de Nicaragua para que el Consejo de Seguridad se ocupe del diferendo sobre el Meridiano 82. En escenarios amigables, como los No Alineados, tratará de meter la idea –vendedora, lamentablemente– de que el conflicto interno colombiano afecta la seguridad internacional.
Es muy positivo que haya liberaciones. Digamos, sin rodeos, que no puede haber nada más importante. Pero, ¿no se podrían lograr por una vía menos costosa? ¿Es inevitable semejante entrega de soberanía?
Michael Ignatief dijo en su reciente visita al festival Hay en Cartagena, que cuando se gobierna "escoger es perder". Quiso enfatizar que los mandatarios con frecuencia reclaman reconocimientos por lo que obtienen pero no asumen responsabilidades por lo que dejan a un lado. Para evitar la desmilitarización de Pradera y Florida, Uribe le abrió la puerta a la intervención sin libreto de Chávez en los asuntos internos de Colombia.
Yo habría preferido el despeje.
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